De dónde salen mis ideas: evidencia, terreno y error aprendido
Cuando hoy publico una columna sobre salud digital, IA en salud, ciberseguridad o humanización del cuidado, no escribo desde la inspiración del momento. Escribo desde un proceso: investigar, probar en terreno, equivocarme, ajustar… y recién ahí escribir.
Hace poco hice un ejercicio incómodo: miré con lupa mi archivo digital. Encontré 4.567 documentos relacionados con mi trabajo profesional en salud digital —presentaciones, informes, columnas, talleres, notas, resúmenes— y 3.546 documentos más asociados a mis estudios de posgrado (MBA, MPH, MAI). En total, 8.113 piezas de conocimiento acumuladas en más de 20 años.
Pero lo importante no son los números. Lo importante es qué ocurrió para que esos documentos existieran.
Tres corrientes que se cruzan
Detrás de cada columna y de cada libro que escribo hoy hay, al menos, tres corrientes que se entrelazan.
La primera es la investigación y la evidencia. Leer, revisar la literatura, contrastar marcos teóricos, seguir regulaciones y estándares, estudiar casos de éxito y de fracaso. No se trata de acumular PDFs, sino de transformar artículos, guías, papers y reportes en criterios clínicos, éticos y de gestión.
La segunda es el trabajo en terreno: ver cómo la salud digital, la IA y la ciberseguridad se aplican en consultorios, hospitales, servicios de urgencia, APS, seguros, startups y ministerios. Escuchar a quienes atienden, a quienes programan, a quienes toman decisiones y, sobre todo, a quienes se atienden: pacientes y comunidades.
La tercera, los ciclos de error y mejora. Proyectos que no salieron como esperábamos, pilotos que hubo que rediseñar, implementaciones que enseñaron «por las malas» dónde estaban los riesgos. Lecciones aprendidas de incidentes de seguridad, resistencias al cambio, decisiones apresuradas o tecnologías mal alineadas con las personas.
Cada documento que conservo —una presentación, un informe, un trabajo de máster— es el rastro de alguno de esos ciclos: una hipótesis, una prueba, un error corregido, una mejora implementada.
Mis columnas y libros como destilado de ciclos, no como ocurrencias
Por eso, cuando escribo una columna de LinkedIn o un capítulo de libro, no siento que esté «empezando de nuevo». Siento que estoy destilando ciclos de aprendizaje.
Una columna sobre IA en salud, por ejemplo, suele estar hecha de horas de lectura y análisis de evidencia científica y técnica, experiencias concretas en proyectos reales en distintos niveles del sistema de salud, y errores que ya cometimos al introducir tecnología sin suficiente preparación, sin un enfoque humano o sin seguridad adecuada.
No como ingredientes separados, sino mezclados en cada párrafo, a veces sin que yo mismo pueda distinguir dónde termina la teoría y dónde empieza lo vivido.
Lo mismo ocurre con mis libros: cada página está hecha de esa mezcla entre teoría y práctica, entre aula y terreno, entre lo que dicen los papers y lo que pasa cuando la innovación toca la puerta de un CESFAM, de un hospital o de un paciente que no puede esperar.
No escribo para tener razón. Escribo para dejar constancia de lo que hemos ido aprendiendo, precisamente para que los errores del futuro nos cuesten menos caro.
¿Por qué comparto esto?
Porque en salud, y especialmente en salud digital e IA, es peligroso escribir solo desde la opinión. Desde Donald Schön en adelante, la práctica reflexiva ha documentado algo que la experiencia clínica confirma todos los días: integramos conocimiento cuando unimos evidencia, experiencia y reflexión crítica sobre lo que salió mal y lo que salió bien.
No basta una sola de esas fuentes. Las tres juntas son las que permiten que el aprendizaje deje huella.
Mis 8.113 documentos no son un trofeo de productividad. Son la huella de preguntas repetidas, decisiones difíciles, proyectos que funcionaron y otros que no, y de personas que confiaron en que podíamos hacer las cosas mejor con la ayuda de la tecnología.
Cuando hoy hablo de humanización de la salud digital, de IA responsable o de ciberseguridad en hospitales, lo hago con la humildad de saber que una parte importante de lo que sé proviene de errores que me obligaron a pensar distinto.
Un mensaje para quienes también están en este camino
Si trabajas en salud y sientes que tus archivos son un caos sin sentido —miles de documentos acumulados sin orden aparente—, quizás lo que tienes no es un desorden sin propósito, sino un laboratorio de aprendizaje que todavía no has visto como tal.
Te invitaría a preguntarte: ¿Qué historias de error y de mejora están escondidas en tus archivos? ¿Qué decisiones de hoy podrías tomar de manera distinta si relees tu propio camino? ¿Qué columnas, guías o libros podrías escribir si miras tu trabajo como un proceso de investigación, práctica y reflexión, y no solo como una lista de tareas?
En mi caso, mis columnas y mis libros salen justamente de ahí: del cruce entre la evidencia, el terreno y el error aprendido. Esa es la brújula que me orienta cuando me siento a escribir sobre salud digital y el futuro —muy humano— de la tecnología en salud.


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